Crítica

 

CRITICAS A “LOS EREMITAS DE HENAREJOS”

 

 

 

MIGUEL AVILA, profesor de literatura

 

ANTONIO HERRERA CASADO, de la Real Academia de la Historia

 

ANA LORENZO, crítica literaria

 

LUIS SATURNINO SEGOVIA, lector

 

 

 

MIGUEL AVILA, profesor de literatura

 

... te diré que estoy leyendo Los eremitas de Henarejos y, no exagero, me está pareciendo sublime. Precisamente pensaba escribirte, cuando terminara su lectura, para decirte que has sido tocado por la luz de la palabra literaria. ¡Qué cambio más espectacular en cuanto a excelencia de expresión y desarrollo de la historia, por citar!...  Es también original en todos los sentidos, de un estilo riquísimo en matices expresivos, muy equilibrado y documentado. Y encima me está divirtiendo sobremanera. ... espero, con el tiempo, tener la oportunidad de hacerle un comentario a esta nueva obra tuya que se merece un lugar de privilegio en las estanterias y el imaginario de la auténtica literatura.

 

 

 

 

ANTONIO HERRERA CASADO, de la Real Academia de la Historia

 

El libro de Luis Miguel Díaz nos sorprende y entusiasma a nada que nos enfrentamos a él con ánimo de descubrir un libro valiente, nuevo, sugerente… De entrada podemos decir que es un relato humano y animal, como una película de dibujos animados en la que los hombres y mujeres corren de un lado para otro, y los animales hablan y participan en la acción. El coro griego que nos saluda al principio del libro es un lugar elevado desde el que se ve todo, el mundo entero, la trama de la novela y el hondo ánimo de los personajes. Allá en los alto están Musa, Felipe, y La Luz, que es una especie de dios pagano que todo lo ve, todo lo sabe, todo nos lo cuenta. Ese coro, tan singular, tiene fuerza y no deja a nadie indiferente: Musa, una burra, y Felipe, un perro. Junto a una deidad difícilmente clasificable. Un hallazgo que Luis Miguel Díaz nos da de premio para empezar a discurrir por las páginas de su libro.
Son ellas las depositarias de unas estupendas aventuras que ocurren por las tierras de Guadalajara, y en el que sin dudas tienen una gran fuerza protagonista las riberas del Henares por Bujalaro, las vertientes del castillo de Jadraque, las plazas orondas de Guadalajara y los callejones de la episcopal Sigüenza.
De entre todos los personajes que desfilan por sus páginas, se me hacen preferidos enseguida los protagonistas del primero de sus tres grandes relatos: son los Eremitas de Henarejos. Boni y Leonor, una rara especie de hippies bondadosos y taumatúrgicos que podrían haberse convertido, hace muchos muchos años, en referencias de peregrinaje. Por otro lado me destaca sin lugar a dudas Quintín Elvigoraco, un personaje de tremenda fuerza y personalidad, al que le ocurren desgracias y del que puede decirse que tiene la esencia del gran personaje de novela, pues su aventura discurre en un caminar por pueblos, ciudades y aventuras diversas, la mayoría de ellas cotidianas y hogareñas.
El estilo que usa Luis Miguel Díaz en esta tercera obra suya es muy español, personal pero dentro de una corriente que nace lejos, que se modula en los siglos, y que no resulta exagerado decir que nace claramente en Cervantes, al que en muchas frases, en muchas fórmulas y recursos nos recuerda.
Es este libro algo más que una novela, algo más que un cúmulo de relatos. El autor se empeña, básicamente, en ir más allá de un género, y así dedica algunas páginas a montar la narración como una representación teatral, en otras desarrolla la narración del cuento, y en algunos momentos sueltas unas pizcas de poesía (todas las del libro son suyas). Esta aventura, sin duda, es difícil, pero el reto está lanzado y los relatos muy conseguidos. Esos diversos relatos, esos “otros cuentos” que están unidos entre sí por los personajes y sus consecuencias, parecen el inicio de una gran aventura de la que este libro es un inicio, con muchas alas y muchas ganas.

 

 

 

ANA LORENZO, crítica literaria

 

En el prólogo del libro:

 

“Los Eremitas de Henarejos y otros cuentos”, de Luis Miguel Díaz

 

 

Este libro de relatos que tienes entre manos, lector, tiene grandes relatos y cuentos más pequeños en sus cuatro actos. ¿Actos? Sí, lector, has leído bien, porque asistimos a una extraña representación dramática, en que el escenario se ha puesto del revés, y la summa cavea está apenas ocupada, cuando es desde allí desde donde lo vamos a ver mejor, mientras la poedria está llena, pero no van apenas a percibir ni el sonido.

 

Pero bueno, ¿no eran cuentos? Mira que en el título lo dice: Los Eremitas de Henarejos y otros cuentos; no hay duda que valga.

 

Duda no hay, que los cuentos están, pero Luis Miguel Díaz, el autor, es gran amante de mezclar géneros, y hace bien, porque los géneros son etiquetas que se crearon a posteriori, aunque fuera hace ya tantos siglos, y no tienen por qué limitar una obra. En su primer libro, Numen divino, una novela maravillosa, nos encontramos con una obra de teatro, versos, y, casi sin darnos cuenta, pasamos de una estructura picaresca a otra de diálogo platónico o a una de desdoblamiento del autor en personajes que le obedecen y a veces se le escapan, se le independizan... En Madre Victoria asistimos a una narración que, a su vez, contiene un cuento y un diario en forma casi de ensayo, aunque el vocativo y la segunda persona sean predominantes en él.

 

La nueva narración del siglo xxi, ese que a muchos hace exclamar que ha muerto la novela, coincide en que los autores se expresan adaptando, no ya el lenguaje, transgrediendo, no ya las normas lingüísticas, sino, más allá incluso, los géneros y formas: el ensayo y la ficción andan de la mano; la historia, el entretenimiento y la tesis, otro tanto; la narrativa y el drama o la poesía conviven bajo el mismo título.

 

A la vez que se inventa, una especie de Renacimiento tiene lugar, y vuelven ecos de los coros griegos para mediar entre la obra y el lector-espectador, si bien no a la manera de las tragedias griegas, sino de una forma sui generis. Si en Numen divino el narrador protagonista era el mediador por excelencia, y el pícaro era el crítico, en Los Eremitas de Henarejos y otros cuentos los espectadores son los críticos para que la Luz exponga sus respuestas, y esta es también el mediador entre los relatos y el público. Podemos obviarla y no hacerle ningún caso, leer los cuentos y disfrutarlos, pero a la larga sus reflexiones nos dejarán un poso que nos engarzará las partes de la obra como si fueran perlas de un collar.

 

Esta vez, el peso de la tesis, el abundar y el explicar, están en la obra de teatro, incluso desde la misma colocación del escenario y las gradas. No están tanto en los relatos, como sí estaba la tesis sostenida en la novela en Numen divino, y en el diario y la novela en Madre Victoria.

 

Pero se puede, si uno quiere, leer los relatos como cuentos independientes, sin hacer caso a la obra, sin pararnos a pensar en qué significa esa Luz Insobornable y Universal de [N]uestra Conciencia, sin saber ni preocuparnos en qué almas vienen a narrárnoslos, sin preguntarnos por qué, de todos los seres que aparecen, son Musa (una burra) y Felipe (un chucho, aunque tenga trazas de raza de podenco) los que protagonizan la narración, que no tanto los cuentos.

 

Los relatos vienen a tener fin en sí mismos: uno puede leer el que quiera; quedarse con esa imagen del paisaje de Bujalaro y los pueblos y ciudades de alrededor, de Guadalajara, y con la paz de los eremitas, los personajes que menos cambian de todas las historias. O reírse y apenarse con Quintín y su vida, y sus parientes y amigos, ubicada en Sigüenza. O pasar el miedo y el suspense debido con Doña Encarna y Don Carlos, con Anita y el criado Dariusz, en Mandayona. Dentro y alrededor de estos tres cuentos, hay otros más cortos que son escenas hermosas o picarescas, que se constituyen en frescos tal y como si alguien hubiese pintado una escena, un sentimiento, un suceso y lo hubiese captado en el momento en que toda la fuerza del evento rezumara por los ojos, la expresión, las luces y las sombras de ese cuadro.

 

Los cuentos aparecen ligados entre sí: el río Henares y el paisaje de esa zona son un hilo fuerte, mientras que la mención de algún protagonista de otro relato, o la aparición de algún personaje secundario en otro son ligazones leves, que la trama de la obra refuerza, con sus protagonistas: la Insobornable y Universal Luz de Vuestra Conciencia y las dos almas, Musa y Felipe. Grandes nombres para una burra y un chucho apodencado que vienen a compartir sus vidas y relatos con el público. Consiguen todos los relatos «más aplausos que abucheos» y, algunos, sus buenas risas; otros, sus buenas lágrimas.

 

El optimismo, lo hay a borbotones: no hay más que ver que uno puede pasar desde la poedria hasta la summa cavea, aunque sea por un tiempo; esa permeabilidad en la colocación de las almas indica fe en el cambio y en el hombre.

 

Adelante, entrad, sentaos donde os toque, y sentíos como en casa, que la ocasión lo merece. 

 

Ana Lorenzo

Diciembre de 2010

 

 

 

DE LUIS SATURNINO SEGOVIA

 

Acabo de terminar de leer el último libro publicado, por mi compañero y amigo, Luis Miguel Díaz, “Los eremitas de Henarejos y otros cuentos”.

Ha coincidido el fin de mi lectura de este libro de cuentos con su presentación en Sociedad, en concreto el pasado 10 de marzo del 2011 en el Centro Dotacional de Arganzuela (antigua estación de autobuses de Palos de Moguer).

En una presentación cuidada, cerca de un centenar de amigos asistimos a la lectura de tres retazos de la obra de Luis Miguel.

Cabe reseñar, para quienes no asistieron al evento, que la lectura de los textos fue acompañada por el tocar de dos guitarras que envolvieron con sus acordes el contenido de un texto ya de por sí repleto de belleza.

Si en algún momento el autor ha soñado con dedicarse en exclusiva a la literatura y vivir solamente de sus escritos, tengo que decir, que en mi opinión, el sueño de Luis Miguel comienza a hacerse realidad.

Que las brumas de sus primeros escritos comienzan a despejarse y que en este su tercer libro, Luis Miguel, nos sorprende gratamente con un despilfarro de talento.

Se trata de unos cuentos, unos más que otros,  que transmiten y que conectan con el lector.

A mi entender esto se debe a notables mejoras constructivas en la obra y al definitivo abandono de la “torre de marfil” que tanto marcó sus dos primeras obras y en especial de “Numen divino”, su presentación literaria.

Si complicado es hoy en día publicar, si cuesta conseguir espacio editorial para los escritores primerizos, debo desde estas líneas felicitar a Luis Miguel Díaz por esta tercera obra, donde logra vencer a las modas y pregonar a voces un estilo propio y a todas luces ya asentado.

Con un Bujalaro casi onírico y mágico, que se nos presenta por parte del autor como un personaje más, siempre presente. Con una narración de lugares de sobra recorridos y vividos (Sigüenza, Guadalajara, Jadraque…), el autor logra conectar en sus cuatro cuentos con el lector, que se enfrenta a una lectura cómoda pero elaborada.

Unas páginas donde personajes desubicados le dan una oportunidad al amor y a los sentimientos. Que buena falta nos hace en los tiempos de crisis que nos ha tocado vivir.

En resumen, mi enhorabuena Luis Miguel, lo has bordado en los cuentos, en las ilustraciones y en la cuidada edición de libro.

Ya es hora de dar un paso adelante, ya es hora de pasar a la literatura de letras mayúsculas, al TEATRO.

 

 

 

 

 

 

SOBRE "MADRE VICTORIA"

 

De Alberto Cea (asegurador y diplomado en relaciones laborales)

De Miguel Ávila Cabezas (doctor en filología románica)

De José Luis Garci (director de cine)

De Ana Lorenzo (crítica literaria)

De Valentín Nieves (autor y director teatral)

De Daniel Ángel Sánchez Ibáñez (poeta y rapsoda)

De Luis Saturnino (licenciado en derecho)

Reseña de "MADRE VICTORIA" en ONDA CERO (por Cristina Rovirosa)

 

 

 

Sobre "NUMEN DIVINO"

 

De Daniel Ángel Sánchez Ibáñez (poeta y rapsoda)

De Ana Lorenzo (crítica literaria)

De Miguel Avila Cabezas (profesor de literatura)

De Antonio Pérez Henares (periodista y escritor)

De Gonzalo Prados Muñoz (sociólogo)

De Félix Paredes Montealegre (pedagogo)

Breves reseñas o comentarios recibidos

 

Alberto Cea

(asegurador y diplomado en relaciones laborales)

 

EN PAGINA DE "LA CASA DEL LIBRO" (ESPASA)

Uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo. Entiendo se trata de una novela dotada en la narrativa de gran sencillez y a la vez denota un lenguaje muy elevado y que utilizando ciertos recursos lingüísticos, llega a conseguir su propósito, no dejando al lector indiferente y despertando emociones de todo tipo. Recomiendo su lectura.

 

EN CARTA PERSONAL

ESTIMADO AMIGO:

TERMINÉ LA LECTURA DE TU NOVELA HACE UNOS DÍAS Y TAL CÓMO QUEDÉ CONTIGO ANTES DE LEERLA, QUIERO COMUNICARTE, QUE ME HA ENGANCHADO DESDE EL PRINCIPIO AL FINAL.CONSIDERO , DESDE MI MAS HUMILDE OPINIÓN , DESDE UN PUNTO DE VISTA PROFANO Y COMO AVEZADO LECTOR QUE SOY, QUE LA NOVELA ESTA DOTADA DE UNA GRAN CAPACIDAD ANALÍTICA Y TAMBIEN EN LA CONSTRUCCIÓN DE LOS PERSONAJES. EL TIEMPO EN QUE TRANSCURREN LOS HECHOS, PARA MI SI ESTÁ PERMANENTEMENTE DEFINIDO ( DEJO LLEVAR MI IMAGINACIÓN A UNA ETAPA, TRISTE Y GRIS DE NUESTRA HISTORIA RECIENTE, QUE FUE LA POSGUERRA..). EN CUANTO AL ESTILO NARRATIVO, INTUYO QUE ESTÁ PENSADA PARA SERVIR DE ILUSTRACIÓN A LA POSTURA DE UN ESCRITOR OMNISCIENTE, ES DECIR, QUE SABE LO QUE HACEN Y PIENSAN HACER LOS PERSONAJES EN CADA MOMENTO. ENTIENDO, QUE UNA DE LAS CARACTERÍSTICAS DE SU ESTILO, SERÍA QUE SE TRATA DE UNA NOVELA DOTADA EN LA NARRATIVA DE UNA GRAN SENCILLEZ, PERO A SU VEZ, SE DENOTA UN LENGUAJE MUY ELEVADO Y QUE MEDIANTE LA UTILIZACIÓN DE CIERTOS PROCEDIMIENTOS Y RECURSOS LINGÜÍSTICOS LLEGA A CONSEGUIR SU PROPÓSITO... Y ES DESPERTAR EN EL LECTOR EMOCIONES DE TODO TIPO. EN CUANTO A MICAELA RUEDA, QUE DECIR.... PERSONAJE QUE SE DESENVOLVERÁ, DENTRO DE UN CONTEXTO QUE PARECERÍA NO LE TENDRÍA QUE HABER TOCADO EN SUERTE, POR SU IDIOSINCRASIA , APELANDO CONSTANTEMENTE A SU INSTINTO DE SUPERVIVENCIA EN EL TRANSCURSO DE LOS ACONTECIMIENTOS QUE CONFORMAN CADA UNA DE LAS ETAPAS DE SU VIDA. EN DEFINITIVA Y ESTANDO MUY DE ACUERDO CON LO QUE DICE DANIEL ÁNGEL SÁNCHEZ, SOBRE LA AUTENTICIDAD DEL PERSONAJE Y ES QUE, CON SU FUERZA, SU TESÓN, SU INTELIGENCIA YSOBRE TODO SU AMOR Y BONDAD , CONFIGURAN UN PERSONAJE MUY VISCERAL EN UNA REALIDAD MUY CRUENTA. POR ÚLTIMO DECIRTE, ESPERO SIGAS DELEITÁNDONOS CON TUS PRÓXIMOS RELATOS . ESTOY INTENTANDO LOCALIZAR "NUMEN DIVINO" , COMO HICE CON MADRE VICTORIA, EL CUAL ME LLEGÓ A TRAVÉS DE UNA LIBRERÍA EN MADRID, YA QUE EN SALAMANCA, RESULTÓ IMPOSIBLE SU OBTENCIÓN.
RECIBE UN FUERTE ABRAZO

 

 

Miguel Ávila Cabezas

(doctor en filología románica)

-Es el prólogo de "MADRE VICTORIA"-

 

MADRE VICTORIA: POR LOS CÍRCULOS DE LA REALIDAD

Madre Victoria es la segunda novela de Luis Miguel Díaz y quienes en su momento leímos la primera, Numen Divino, publicada en las postrimerías del 2006, reconocemos una patente evolución en las formas y modos narrativos del autor. En efecto, percibimos ahora como un tono y estilo más depurados y directos, y la historia en sí (un claro homenaje a la madre: Victoria es la madre que nunca claudica) nos llega más al fondo, se nos hace como más próxima, como más nuestra, gracias a esa inmensa humanidad que destila por todos sus poros existenciales la protagonista, Micaela Rueda, desde que nace, no precisamente en un "florido y hermoso" día de primavera sino, al contrario, "cuando el horror de la guerra había desposeído al mundo de sus deleites en mayo". Ciertamente, por ser la primera, no habrá de resultar ésta la única vicisitud o desventura de Micaela, quien abrirá también los ojos al mundo atravesada por la certeza de la madre Faustina (ya veremos: el primero y más implacable de los personajes antagonistas) de que aquella hija suya, condenada de por vida a la soledad, vino al mundo por causa de una violación sufrida durante la guerra civil. Tal vez sea ahora el momento justo de dejarse llevar por la tentación (¿quién, al cabo, puede escapar a la misma en sus múltiples formas?) y afirmar sin ambages que Luis Miguel Díaz no es de esos escritores que se complacen en el reductivismo de pensar (erróneamente) que ha encontrado "la voz", el reclamo único con marchamo de propiedad intelectual. Todo lo contrario, insisto. Entre Numen Divino y Madre Victoria no es que se extienda necesariamente un abismo sino, por contra, un puente de continuidad y a la vez, como digo, de depuración estilística, que persigue un afán, progresivo, de experimentación, lo que nos acerca (de la mano, aquí, de Micaela Rueda) al conocimiento del ser y su verdad universal para acompasarlo al latido único de nuestro corazón de lectores, atrapados de lleno en la urdimbre intrahistórica y emocional que imprime sentido, cohesión y permanencia al relato y sus actores. ¿Una novela más de abnegación, entrega, lucha y supervivencia? ¿Y por qué no? ¿Qué es la literatura a fin de cuentas? Aunque, dejémoslo claro, una historia limpia de polvo y pajas melodramáticos en sintonía con el sentimentalismo propio de andar por casa. Es tal la energía y entereza de la protagonista que en ningún momento nos podemos abstraer del encanto (casi sinestésico, táctil diría) que de ella emana, sobre todo si tenemos en cuenta que, al imaginárnoslo, es al fin y al cabo el retrato de la madre ideal el que se nos muestra. Lo comprobaremos más adelante. Sí, Micaela Rueda se erige en el modelo, en el arquetipo a seguir a través de los derroteros, que no derrotas, de la existencia. Ciertamente es en las personas buenas y generosas en las que se reencarna con luz propia la Madre Victoria que ella representa, como proyección de esas instancias ocultas o, tal vez, de otras sublimaciones inevitables que todos guardamos en lo más profundo. En un doble plano de ficcionalización (dentro de su verdad histórica), la realidad del personaje toma cuerpo para forjarse emocionalmente en sus relaciones de opósitos. El ámbito es la circunstancia: ya sea Vegafría, en la comarca de Gonzalcano; con la tía Petra, y tan libremente cerca de los prados; en la cueva donde ella se reconoce en su absoluta soledad; en la casa familiar, a partir de los siete años, reclamada por una madre desnaturalizada e incontinente en su función gestatoria; en la fábrica textil; en la capital (en la segunda parte del libro); en casa de don Conrado y su hermana, "el mullido pompón"; y después en casa de la tía Concepción, junto al primo Simón y la locura de su Sociedad Marmórea del Espíritu, con diccionario bilingüe y Tratado y decálogo académicos incluidos. El espacio es la contingencia: en la factoría de piezas del automóvil, de regreso a la casa paterna; con Alberto en el propio hogar… La correlación de contrarios permite que el andamiaje emocional de nuestra protagonista se consiga muy acertadamente en esa su correspondencia con los demás. Por una parte, con los que le aportan comprensión y significatividad asertiva: Petra y Manuel; Fuensanta, la hija del pastor; Matilde, la hija del Potentado; las tres compañeras anónimas de la fábrica textil; el permisivo de don Conrado; por supuesto el primo Simón en su lúcida enajenación; Monserrat, la administradora de la factoría de piezas para coches; Alberto, el marido discreto y silencioso; y, finalmente, los dos hijos, María y Miguel. Y en el extremo opuesto, el de los antagonismos (con mayor o menor virulencia), que ella afrontará con total entereza, Faustina, la madre descastada; don Patricio, el cura desnortado; Regina, la encargada de la fábrica textil; Jesusa, la hija de don Gonzalo y hermana de Rodrigo; el mismo Rodrigo, incluso, tan inestable en su convicción amorosa; doña Isabel, la hermana de don Conrado; y la suegra, esto es, la madre del lacónico Alberto. En esta equilibrada relación de luces y sombras, de espacios abiertos y otros cerrados, e imprevisibles, descritos al detalle con tan acordada fluidez, y por donde, en ocasiones, Luis Miguel Díaz nos lleva de la mano solícita de la primera persona del plural ("Descendamos a la planta…"), reconocemos el oficio del buen narrador que en el plano temporal distribuye regularmente el orden de los acontecimientos en una secuenciación lineal, aunque con determinados saltos y retrocesos en el tiempo (prolepsis y analepsis, y en este orden de importancia) de los que en puntuales momentos el autor nos hace directamente partícipes gracias al uso prioritario de locuciones ingresivas y otras fórmulas apelativas de recapitulación: "Y aquéllos, como bien vamos a ver enseguida…". "Se habrá percatado el atento lector de nuestra intención…". Es tal la fuerza proyectiva de Micaela que en el transcurso de nuestra lectura (especialmente a partir de la segunda parte) nos domina la impresión de que el narrador omnisciente acaba diluyéndose en esa intensidad oceánica del personaje, tan cercano ya a nosotros, tan profundo y verdadero en su devenir existencial, en su lucha por la vida. ¿Literatura y vida? ¿Literatura y realidad? El testimonio de Micaela nos hace comprender que la realidad no existe per se, como si estuviese aislada o flotante en una suerte de limbo aquietado al que acudimos siempre que pretendemos rescatar de su fondo la esencia holográmica de los seres (¿qué es la realidad?), corporeizados desde un yo que está sujeto a otras realidades anejas y ajenas, impulsoras del miedo, la desazón, la necesidad, el infortunio y, por qué no, la alegría también. Contra el ciego y cobarde determinismo de los hechos consumados (como ovejas mansas vamos día tras día al matadero ideológico y metafísico de la realidad), Micaela Rueda opone una determinación absoluta de no querer terminar sumida, irremediablemente, en la miseria, la ruina, el falaz conformismo de quienes acaban siendo despojados para siempre de la voz y la palabra, o en el mismo abandono existencial (por la parálisis que le sobreviene a los diecinueve años, por la muerte en accidente de Alberto, por el progresivo deterioro de los padres, por el egoísmo e insolidaridad de hermanos y cuñados…). Por ello, Micaela, auténtica hacedora de la historia (de su historia), proyecta emociones y sentimientos, su rebeldía en suma, no sólo contra cualquier tipo de opresión directa (la de la madre, la de don Patricio, la de la de Regina…) sino también contra el silencio y la indiferencia generalizados que nos transforman en muertos vivientes, y ello con el paliativo infalible de los actos sencillos, que rezuman eternidad por todos sus poros. Es, por consiguiente, en el contacto directo con la naturaleza, o sea, en el descubrimiento radiante del mundo exterior (fuera de la casa, y de la cueva que guarda la siniestra figura religiosa), donde ella encuentra la libertad, la paz, la luz amable del paisaje. El sentido del equilibrio y de la armonía significa el valor inalienable de la justicia, lo inmanente de todos los seres cabales, y es así como la forja de su rebeldía frente al mundo se concentra en sus memorias, reflexiones sobre el ser esencial y su soledad cosmológica. Metaliteratura. Madre Victoria (la que ella buscara con tanto ahínco y nunca encontró) deviene en la trasposición de su persona a la duplicidad del yo (el alter ego) que se reconoce en su propia esencia. Literatura dentro de la literatura. En la raíz de la angustia, se nutre también la memoria del tiempo: la Odisea, los Diálogos Platónicos, la Divina Comedia, El Quijote…; y en un sorprendente quiebro temporal, el propio autor, reencarnado en el abuelo Díaz, quien antaño publicara la novela Numen Divino y dejara inédita la obra teatral Rosas de Laurel. Así pues, las autorreferencias literarias se disponen junto a las de las Rimas de Bécquer, las obras de Shakespeare y Lope de Vega, un soneto de la misma Micaela dedicado a la muerte de la madre que nunca tuvo, la ofuscación del Ignatius J. Reilly de La conjura de los necios (¡qué gran obra!) y, por supuesto, el "Septrafalario" del primo Simón. ¿Qué otra cosa podemos hacer a partir de ahora que invitar al lector a que se adentre en las páginas de Madre Victoria y reconozca de nuevo el terreno fértil de su ilimitado imaginario? ¿Y qué más podemos añadir? ¿Acaso el hecho de que en su desdoblamiento es la propia Micaela Rueda la representación de esa Madre Victoria que todos conocemos o, en su defecto, anhelamos? ¿La mujer que de tan esforzada como es se torna inalcanzable? ¿Una historia de familia en clave biográfica? ¿Una ficción? Cuando el lector da el primer paso y atraviesa la puerta, la realidad se manifiesta y abre un nuevo círculo. Dejemos que sea el mismo lector, y sólo él, quien busque y descifre las claves del libro, ésas que están fijadas desde el origen en la gramática de la vida.

 

 

 

José Luis Garci

(director de cine)

Sobre "MADRE VICTORIA"

Estimado Luis Miguel, .../... No soy crítico literario, pero si te sirvo para algo, lo he "sentido". Me gustan más los diálogos que las descripciones y, en fin, que me parece que tienes una gran capacidad de análisis y una buena mirada para montar los personajes.

 

 

Ana Lorenzo

(crítica literaria)

Una lectura de Madre Victoria, de Luis Miguel Díaz

Es la novela de Luis Miguel Díaz, Madre Victoria, una novela madura, bien estructurada, generosa con sus personajes. Los hallazgos que surgían deslumbrantes en su primer libro, Numen divino, brillan aquí con mayor comedimiento, pero también el nivel de la novela se mantiene más uniforme en esta última. Asistimos, en ella, al transcurso de la vida de Micaela Rueda, la protagonista, desde que nace en un hospital de la gran ciudad, adonde acude Faustina, su madre, y donde la olvida al poco de su nacimiento cuando todos corren a refugiarse en los subterráneos del edificio, siendo rescatada por una enfermera. No es la historia de Micaela una novela al uso de aprendizaje sentimental, aunque sí haya un crecimiento emocional y psicológico del personaje; no lo es en tanto que en esta novela la acción es importante: Micaela es, por definición, una mujer que actúa, una mujer que se va construyendo una personalidad marcada y que va aprendiendo de los errores cometidos, de los escarmentados en cabeza ajena -como el caso del matrimonio mal llevado de sus padres, por la querencia de Antonio por la bebida-; es también una persona que siente compasión antes que odio, y que se rebela ante la injusticia; es alguien que aprende a amar la tierra y la naturaleza, pero que sabe que hay algo más, algo inasible, que se encuentra a veces entre líneas en un libro, o en un estado al cual puede llegarse contemplando un rayo de luna o escuchando el silencio en un baño en el río, o quizá en lo que ella ya hacía y al leer le pone nombre: "meditar"; es, ante todo, una mujer que quiere vivir y vive. Pero, ¿qué nos dice el título de la obra? Madre Victoria: ¿por qué? Son importantes los títulos muy a menudo. Permítanme que les ponga el ejemplo de otro libro de sobra conocido: Madame Bovary, de Gustave Flaubert. ¿Por qué no Emma, o Emma Rouault, si era la protagonista? ¿Por qué Madame Bovary? Porque Flaubert no nos presenta a una chica desvinculada de todo: nos presenta a una señora casada, mujer de un médico de provincias llamado Charles Bovary, que está inmersa en una sociedad de la que pretende huir -ella, a través de la lectura de novelas románticas-, que cae de nuevo en ella incapaz de escapar, una vez tras otra, incapaz de semejante huida. Micaela Rueda no busca escapar con la escritura de su "diario" dirigido a esa madre Victoria que inventa: es cuando nota que algo ha cambiado en su actuar cuando comienza a escribir a esa madre que echa en falta. ¿Por qué una madre? Micaela tiene a Faustina, aunque sea una madre cruel y que no la quiera. Tiene, por otro lado, a la tía Petra, que la ha cuidado como una madre, que la ha hecho sentir ese cariño y que la ha criado desde bien pequeña. Y, sin embargo, sabe positivamente que Antonio no es su padre. Tampoco su tío se ha portado con ella como si lo fuera. El cariño de un padre no lo conoce Micaela. Quizá de ahí podamos concluir que Micaela se desdobla en Madre Victoria porque sabe lo que es tener una madre y echarla en falta: tiene el molde y el hueco; es la carencia la que la define, en tanto expresa lo más íntimo de sí misma, Micaela necesita ese trasunto de sí misma en una figura materna que no existe en su vida pero que sí conoce. Una madre coraje con la que se puede sentir identificada y a la que le puede contar todo. Surge entonces la escritura como necesidad de superar la vida, como reflexión, y surge tras la lectura de los clásicos. Aquí el autor hace un guiño al lector e introduce su primera obra, Numen divino, incluida la obra dramática inacabada que en el libro se escribe Rosas de laurel, como una de las que lee Micaela de la biblioteca de casa de su tía Petra, atribuyendo la autoría al difunto abuelo Díaz. No es nuevo el recurso a la metaliteratura para Luis Miguel Díaz. Y este guiño nos puede dar una pista de la continuidad que hay entre ambas obras, habida cuenta de que en las dos la escritura ocupa un lugar importante en la temática que desarrollan. Si bien es cierto que en Madre Victoria veremos que la escritura es posible solo cuando hay una necesidad de llenar un vacío conocido pero con un atisbo de esperanza, con un punto de rebeldía, con un espíritu inconformista. Si eso no existe, si el vacío es una tristeza demasiado honda, la escritura no surgirá. Si, en cambio, la vida le ofrece a Micaela los personajes que ella crea porque la realidad se los niega, cuando encuentra un trasunto de su madre en personas reales, cuando al fin es feliz, tampoco seguirá escribiendo. El diario de Micaela dedicado a su madre Victoria es el motivo de que le encarguen un cuento para dos enamorados: ¿quiere eso decir que es posible escribir por encargo, traicionando uno sus principios? No, nada más lejos. Nuestra protagonista solo accede a este requerimiento por sentirse deudora de la mujer a la que va dirigida el regalo del cuento, Matilde, por simpatizar con ella, y, sí, también por algo de vanidad. También Numen divino hablaba de la búsqueda de la gloria por el escritor: nunca es lo fundamental, pero no se puede dejar simplemente a un lado y olvidarlo. La historia de Micaela Rueda es una historia de desgracia en un medio rural, en un ambiente cerrado de la postguerra española, con personajes bien dibujados, a los que vemos crecer y cambiar, o simplemente envejecer y pudrirse porque no maduran, como fruta cogida antes de tiempo. No es una historia habitual y, sin embargo, podría muy bien ser una historia real. Como dijo Luigi Pirandello cuando le criticaron la credibilidad y verosimilitud de la novela El difunto Matías Pascal, "la realidad es siempre menos creíble que la ficción". Luis Miguel Díaz ata los hilos de la novela como la realidad une los hilos de las historias, dejando sueltos algunos cabos que ya nunca retomaremos, mezclando otros con tal capricho como solo la vida es capaz de hacerlo, sin intentar hacernos pasar por los caminos trillados de lo creíble, de lo verosímil, de lo coherente porque, ¿qué coherencia hay en los hechos? Es en el personaje de Micaela donde sí se encuentra la coherencia y la maravilla de una mujer que lucha, de una madre que se manifiesta primero por su vaciado, por su molde, y luego plenamente, soberbia en su humanidad.

Ana Lorenzo, Rivas Vaciamadrid, 16/06/2009

 

Valentín Nieves

(autor y director teatral)

 

El libro que hoy presentamos, Madre Victoria, de Luis Miguel Díaz es una novela, y como tal, encuadrado en el mundo de la ficción. Es el segundo publicado por el autor, y corresponde, sin duda, al afán de hacerse un hueco en la narrativa actual, o, cuando menos, servir de vehículo a la expresión imaginativa más desbordante que muestra en toda su labor literaria. Empezaremos este comentario diciendo que Madre Victoria corresponde, sin duda, a la manifestación más evidente del autor de plasmar, de forma incontenible, la necesidad de expresar las vivencias más contradictorias que la vida puede ofrecer. Y quizá, también, la de interpretar los hechos sucedidos, o que pueden suceder, bajo el prisma del narrador independiente, como fiel observador objetivo de los acontecimientos que siempre se muestran fuera de la influencia del propio autor, como es natural. Antes de entrar en otras consideraciones, que afecten a parcelas artísticas de la novela, vamos a tratar de situar la obra bajo un todo articulado, ofreciendo sobre la misma una visión general. Es, ante todo, una manifestación narrativa envuelta en la ambiciosa contemplación de una realidad singular. Por ello, abarca un dilatado período de tiempo no ya sólo de una generación, sino de varias. Claro es que el discurrir del tiempo en la misma se hace de una forma irregular, como corresponde al propio ritmo de la vida que en ocasiones discurre monótona y sin alicientes y que en otras los acontecimientos se precipitan de forma irremediable. Es la narración de una vida, la de Micaela, como hilo conductor de una historia que pretende ser un mosaico variopinto, sencillo, rudo y cruel del mundo rural de la posguerra. Incluso, muestra la huella indeleble de los desmanes de la propia guerra. En este mundo de acontecimientos, encadenados los hechos personales de las vidas que se entrecruzan, vendrán envueltos en conductas que se han conformado bajo los patrones inclementes que imponen los conflictos bélicos, y así las personas se verán desprovistas, en muchas ocasiones, de los sentimientos más elementales del ser humano. Pero todo ello se admite como discurrir inexorable, que, acaso, ni se ha de plantear siquiera, como consecuencia lógica de una vida que transcurre bajo los parámetros de una realidad inevitable. Esta filosofía de vida, que tan solo es el planteamiento natural de una existencia impuesta, presidirá todos y cada uno de los acontecimientos que jalonan esta historia de encuentros y desencuentros. Tal es así que todos los personajes que se entrecruzan en este relato tan solo se alinearán a una de las dos conductas enfrentadas, y que serán a favor o en contra de los propios pensamientos de su principal protagonista, Micaela. No hay términos medios, todo será o blanco o negro, sin grises que lo hagan palidecer. Pero esto no es sino la consecuencia lógica del obrar de unos personajes sencillos, rudos, expuestos a los embates más fuertes de un entorno cruel y exigente. Nunca tendrán la oportunidad de embeberse en reflexiones metafísicas, ni la vida se lo va a permitir, salvo en el caso de la propia Micaela, que contra viento y marea, se abstrae con frecuencia del discurrir prosaico de los acontecimientos para elevar su espíritu hacia esferas muy por encima de los propios hechos cotidianos. Resulta, no obstante, sorprendente esta facultad de Micaela de soslayar los acontecimientos más adversos. Claro es que tiene una extraordinaria predisposición a imaginarse mundos que no tienen nada que ver con la realidad circundante, y evitará, en ocasiones, hasta los sufrimientos físicos más crueles. Y así la Madre Victoria no será sino una idealización de lo que pudo y tuvo que ser su madre real y que no halló nunca en su progenitora. Y llegado a este punto de la reflexión uno se pregunta de dónde le viene a Micaela esta facultad de elevarse muy por encima de los acontecimientos, de idear un mundo diametralmente distinto al que le ha tocado vivir. La respuesta no es fácil, aunque se llega a intuir que Micaela guarda en su yo más íntimo, o quizá en la herencia desconocida de sus propios genes, una predisposición romántica ante la vida que se niega a admitir que la naturaleza sea tan cruel que no ofrezca un poco de bondad. El argumento en el que se basa la novela viene a concebir que en torno a una vida, extraña y rara ya en su propio nacimiento, se puede construir una trama más o menos realista, siempre encuadrada en el discurrir normal de los acontecimientos como consecuencia lógica del devenir de los hechos cotidianos. El nacimiento de una niña en plena guerra civil, su retiro a los campos bajo la tutela de unos tíos atípicos y la posterior renuncia para ayudar a los padres en su lucha de difícil supervivencia, sus relaciones inconsistentes con el descendiente adinerado del lugar, su posterior decepción, la relación cruel con su progenitora que no admitirá nunca que la hija pueda ser un ser humano con nobles sentimientos, el escaso apoyo que encuentra en su padre, despegado de sus obligaciones más básicas, y que a la postre no era ni su padre, su enfrentamiento con la encargada de trabajo en la fábrica, su huida al país vecino con enorme desarraigo social, su vuelta a la villa de nacimiento, la enfermedad que diezma sus fuerzas, su huida desesperada hacia la capital del reino, el encuentro en su nueva ciudad con un mundo atosigante y lleno de presiones sociales, su relación con un hombre bueno pero inoperante, el abandono de la escritura que siempre le sirvió de refugio, el discurrir de los años monótonos con la llegada de los hijos, la relación difícil con los parientes en su villa, en especial con su madre, la naturaleza bondadosa de su obrar en torno de los suyos, su naturaleza desprovista de odios resquemores, su posterior conformidad con el discurrir de los acontecimientos cotidianos… hacen que la historia transite apenas con hechos relevantes y trascendentes, pero eso sí, con una consistencia humana importante que le darán razón de ser. La estructura de la obra ofrece el discurrir natural de los hechos, sin quebradas líneas argumentales ni saltos en el tiempo que puedan complicar el raudo sucederse de los episodios, pero, a veces, con paradas puntuales para ofrecer, en ocasiones con generosidad, las reflexiones más importantes en los sentimientos de la protagonista. Los demás personajes se verán descritos con pinceladas, finas o gruesas, siempre desde la distancia de sus pensamientos. Se observa, pues, principalmente su obrar, y, en todo caso, las consideraciones de Micaela hacia los demás personajes. Pero estas pinceladas nos hacen precisar, con gran definición, como son y hacia donde se dirigen estos personajes, por otro lado muy encorsetados en sus mundos respectivos. Así ninguno alcanzará nunca la altura de miras de la propia Micaela, que sobrevolará, aunque sin maldad ni altanería, muy por encima de las prosaicas vidas que le rodean. El estilo, aunque en ocasiones con frases largas, ofrece un ligero discurrir de los hechos. A veces los pasos de tiempo se hacen con lacónicas referencias y se condensa en pocas palabras un dilatado paso de los años, lo cual facilita al lector la comprensión global de la historia, pero en otras ocasiones se detiene en multitud de descripciones un tanto prolijas, llenas de localismos, detalles minuciosos y abundancia de explicaciones que conducen irremediablemente a una ralentización de la acción. Si bien esto es cierto, también lo es que la simbiosis de ambas formas de narrar están bien conjuntadas para no ofrecer una lectura tediosa. Quizá sea en las reflexiones de los personajes, salvo en el caso de Micaela, cuando la descripción se torne un tanto liviana, con escasas referencias al mundo interno de los mismos, en su vertiente psicológica. Por ello nos encontramos ante los tipos más diversos, pero de los que apenas conocemos sus razones de actuar ni sus ocultas intenciones. Son seres arquetipos, que no variarán en nada su manera de proceder, ni siquiera en sus palabras, que serán siempre parcas y repletas de convencionalismos. Llegado a este punto se hace preciso conocer un poco a los principales personajes de la historia. De Micaela, la protagonista, ya tenemos mucha información. Tan solo añadir que su predisposición a la justicia, su honradez de sentimientos, sus profundas reflexiones, su natural inclinación a la evasión y su paciente aceptación de la crueldad de la vida hacen de ella poco menos que un arquetipo irrepetible. En todo caso es un personaje cercano al que se le tendrá sin duda un afecto especial y con el que el lector se identificará sin apenas darse cuenta. De Faustina, la madre de Micaela, a pesar de jugar un papel muy importante en la historia, tan solo podemos decir que es un personaje extraño, huraño, cargado de no se sabe qué sentimientos de odio contra todo y contra todos, y con un egoísmo rayano en lo psicótico. No muestra ni un solo rasgo de ternura, lo cual le confiere un patético sentido de la vida. Antonio, el padre legal de Micaela, tan solo se ofrece como el ser, que en contra de su manera de actuar, ofrece a la muchacha algún atisbo de seudocomprensión. Pero su paso tangencial por la historia hace pensar que se trata de un ser humano sin deberes familiares y sin responsabilidad social alguna. Sencillamente va por libre de todo cuanto sucede a su alrededor y al que tan solo le seduce la bebida. La tía Petra es la bondad personificada y, si bien tan solo influyó en el carácter de Micaela en sus primeros años, le sirvió siempre como una referencia, en la que encontró ese afecto que jamás recibió de su propia madre. Rodrigo, el hijo del Potentado Don Gonzalo, representa la encarnación del caprichoso galán desocupado que campa a su antojo, sabedor de la cuna que le mece. Significará la ilusión de un tiempo pasajero que apenas dejará huella en el pensamiento de Micaela. Regina, la inflexible y odiosa encargada de la fábrica donde trabaja Micaela, mantendrá una enconada lucha con todos los que tiene bajo su mando, sirviendo fiel a los intereses del amo, a quien sigue cual perro guardián. Alberto, con quien se casará Micaela, hombre honrado, sencillo y bonachón, que significará una cierta estabilidad en la vida de la chica, marcará una época de esplendor económico que no de espíritu, pues fue entonces cuando Micaela abandona casi por completo su afición a la escritura. Pero la muerte de Alberto vino a trastocar nuevamente la vida de Micaela. En fin, cabría comentar también el retrato de otra serie de personas que componen el mosaico social de la vida de Micaela, como son su hermano, sus hermanas, sus hijos, su tía Concepción, el cura párroco del pueblo, el primo Simón, la prima Conchita, Montserrat, etc. Pero no sería sino describir algo que forma parte importante de esta historia, que se desliza, precisa y puntual, como buen ejemplo de descripción de personajes, cuando no de lugares y paisajes. En cuanto a la trama, bastante diluida en la descripción de relaciones humanas, muestra una exposición lineal, sin momentos especialmente subrayados, ni ocasionales acontecimientos entrecruzados, sin énfasis importante en el desarrollo de los hechos, sin entrecortadas líneas de actuación de los personajes. Por ello avanzará sin sobresaltos, sin solución de continuidad, sin grandes elipsis que marquen un ritmo vivo, aunque sí continuo. La acción transcurre sin sobresaltos, sin líneas argumentales premeditadas, con términos que marcan un fondo narrativo sencillo y ligero, como corresponde a los primeros pasos del autor en el terreno de la ficción. Muestra, sin embargo, hechuras de atesorar excelencias de buen narrador. Esto lo facilitará un buen dominio de la técnica narrativa, que indudablemente le facilitará la experiencia. Madre Victoria, sin duda, marca el inicio prometedor de un buen escritor de relatos, y en esta línea, con el decisivo manejo de la elipsis sin complejos y un buen elaborado argumento, veremos a Luis Miguel Díaz instalado en el catálogo de excelentes narradores actuales.

 

DANIEL ANGEL SANCHEZ IBAÑEZ

(Poeta y rapsoda)

Antes que nada, como hice con "Numen Divino", he de decir que no soy crítico literario (aunque me gustaría tener la cultura necesaria para serlo) y que por lo tanto, lo que voy a escribir sobre "Madre Victoria", lo hago como lector y, llegado a este punto, desde la más estricta imparcialidad, ya que dada la gran amistad que me une al autor y de la que me siento muy orgulloso, alguien pueda pensar en algún tipo de favoritismo que, no sólo sería erróneo, sino injusto para el autor y su obra. Madre Victoria es una novela cuya primera valoración, desde el sentimiento más espontáneo, te hace pensar en lo entrañable, en lo más genuino del ser humano, en la bondad y la crudeza de la vida. Madre Victoria engancha al lector desde las primeras páginas, como lo suelen hacer las buenas obras de escritores con talento y oficio. Y es que esta novela muestra, con respecto a la anterior (Numen Divino) una notable diferencia de calidad, no sólo en su contenido, sino en su estructura y en los ricos y variados matices que contiene y que reflejan por parte del autor, un importante salto cualitativo de madurez literaria. Sus personajes son reales, auténticos de una época que, como lector, te hacen identificar no sólo la idiosincrasia de sus vidas, sino el medio y la época en que se desarrollan. Cabe destacar, como nota distintiva entre ellos, el del primo Simón, personaje extraño, mezcla por momentos entre absurdo, surrealista, inteligente, agresivo, cariñoso y bueno… Con este personaje y sus monólogos en "marmóreo", lengua tan ingeniosa y culta, con un dulce matiz megalómano, el autor, a buen seguro, se lo tuvo que pasar en grande. A lo largo de la obra, todos sus personajes encajan perfectamente en cada ámbito, en cada momento, en cada capítulo emocional o descriptivo. Todos tienen su protagonismo, su momento de gloria o desatino, unos más que otros, como debe ser, es decir, como ocurre de forma natural en la vida. Pero sin duda, el personaje que cautiva, que enamora al lector desde el principio es el de Micaela Rueda. Micaela es un ser que nació y vivió para ser heroína de una historia de ficción, pero que cualquier lector puede tomar como real, tal es la pureza, la autenticidad del personaje en todas sus facetas, en todas las etapas de su vida. Micaela no es heroína por vocación; son su instinto de supervivencia, su fuerza, su tesón, su inteligencia, su amor y su bondad, los elementos que la han convertido en ello. Termino diciendo que si con Numen Divino pude conocer a buen amigo y a un escritor, promesa literaria en ciernes, con Madre Victoria, no sólo sigo disfrutando de su amistad, sino que tengo el neutral y feliz convencimiento de que aquella promesa literaria es hoy una gozosa realidad, que no es sino el preludio de una brillante carrera literaria que ya tiene nombre y apellidos: Luis Miguel Díaz González.

Daniel Ángel Sánchez Ibáñez

LUIS SATURNINO
(Licenciado en derecho)

SOBRE "MADRE VICTORIA" EN SU FACEBOOK

EXITOSA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA "MADRE VICTORIA" DEL ESCRITOR LUIS MIGUEL DÍAZ

El pasado jueves 22 de octubre, en el Centro Dotacional de Arganzuela, tuvimos el placer de disfrutar de una tarde entrañable.
Nos reunimos alrededor de un centenar de amigos, para celebrar la presentación del segundo libro de Luis Miguel Díaz: Madre Victoria.
A lo largo de tres horas; moderadores, críticos y amigos, congregados alrededor de la buena literatura.
Nos recreamos con pasajes del nuevo libro de Luis Miguel, llenos de poesía, de encanto y de sensibilidad.
Porque si algo aflora en este libro, es SENSIBILIDAD, sensibilidad con mayúsculas.
Sensibilidad ante el dolor, sensibilidad ante el encanto de la protagonista. Sensibilidad por la pérdida de una madre.
Si hay algo que aflora en "nuestro" Luis Miguel es SENSIBILIDAD, pero también buen oficio.
El autor nos muestra una excepcional capacidad de crear y componer personajes.
Personajes atractivos, cincelados con mano experta, con personalidad propia, más que personajes novelescos parecen seres vivos.
En esta ocasión, lejos de las "complejidades estructurales" de su obra prima, el leer se hace ameno. Página a página te sientes arropado por una historia. Una historia que pudo ser la tuya.
Desde esta tribuna, siempre abierta a la Cultura y al "Buen Gusto" se te desea la mejor de las suertes en el largo y tortuoso camino de la literatura.

Un abrazo amigo.



DANIEL ANGEL SANCHEZ IBAÑEZ

(Poeta y rapsoda)

SOBRE "NUMEN DIVINO"

Señor Lemurmulcíber :


El motivo de la presente es hacerle partícipe de mis modestas y humildes impresiones, sobre su obra “Numen divino”.

Dios me libre de llamarle “crítica” a estas líneas que están a punto de acontecer, ya que no me considero crítico literario en modo alguno (aunque me gustaría serlo). Así que como lector y también como colega suyo (también soy escritor o, mejor dicho, pretendo serlo…), paso a explicarme:

Numen divino es un libro sorprendente y, por momentos, desconcertante. No me cabe la menor duda de que nunca había leído nada igual hasta ahora. Como le he dicho anteriormente, no soy crítico literario, por lo que tanto los comentarios en sí, como su cronología, pueden resultarle un tanto anárquicos. Sigo…

Numen divino tiene un lenguaje culto, muy cuidado y con buen gusto; eso salta a la vista desde las primeras líneas. A veces creo que abusa usted de ese dominio abrumador sobre el lenguaje y lo convierte en algo espeso, menos comprensible, pero aún así, lo prefiero, frente al lenguaje simplón y vulgar de más de un “best-seller”.


La historia en sí es interesante. Fíjese si me lo parece, que me “enganchó” su lectura, desde las primeras páginas. Y es raro que eso ocurra, tratándose (según mi parecer) más de un ensayo que de una novela. A mí los ensayos me aburren, no consigo entrar en ellos; pero el Numen no, ya digo, captó mi interés desde el primer momento y no decayó ese interés hasta el final.

La estructura de la obra es quizá una de las características (si no la que más) a destacar, debido a su gran complejidad y a los variados cambios de tercio (valga el símil taurino). Es cierto que en más de una ocasión  he perdido el hilo de la historia y me he preguntado “¿esto, a qué viene?” o “¿por donde voy?”, pero también es verdad que rápidamente usted me ha mostrado de nuevo la “línea” a seguir, para encontrarme de nuevo con la historia.

Volviendo de nuevo al argumento del libro, hay dos partes o momentos que no me “cuadran”: el (para mí) extenso relato de la representación teatral y el empeño casi obsesivo de llegar a la gran ciudad ¿…..?. Lo único que me han transmitido estos dos pasajes (que no he llegado a comprender del todo), es que usted ha manejado a su antojo, en cada momento, a los personajes. Tengo que decir, que con acierto, pero también con cierto abuso de poder por su parte. Por si no ha caído en ello, amigo Lemurmul, le recuerdo que usted mismo es un personaje de creación ajena y que si no modera en parte su  estilo y conducta literarios, su creador (a quien conozco) puede tomar cartas en el asunto en su próximo libro que, dicho sea de paso, espero y deseo vea la luz pronto.

Al hilo de lo anterior, querido Poeta, ¿Por qué no escribe usted algo más sencillo (que no quiere decir simple) la próxima vez? Perdóneme el atrevimiento de esta sugerencia, pero ya ve que estoy tratando de ser sincero en todo momento.


En cualquier caso, escriba lo que escriba, le aseguro que pienso leerlo, porque aunque el Numen no es mi tipo de lectura habitual (prefiero la novelas de intriga y misterio,  con el clásico “planteamiento, nudo y desenlace”) también le digo que es un libro que, al igual que otros clásicos o menos clásicos, hay que leer. Sí, mi querido colega, ese podría ser mi comentario resumen: Numen divino es un libro que hay que leer siempre… Porque, como decía al principio:  “No me cabe la menor duda de que nunca había leído nada igual hasta ahora” y, estará usted de acuerdo conmigo en que hay que leer de todo.


Con admiración y respeto,

Daniel Ángel Sánchez Ibáñez
(Dani)

 


RESEÑA DE DANIEL ÁNGEL SÁNCHEZ

publicada en 20.MINUTOS.ES

Numen divino, de Luis Miguel Díaz, es un libro sorprendente, original, donde la narrativa tiene un idilio literario con el verso y la prosa poética, de principio a fin. Su autor hace gala de un lenguaje culto, muy cuidado y con buen gusto. Es un libro cuyo argumento rivaliza en todas sus páginas con su estructura literaria, con una carga emocional por momentos intensa, aderezada con brotes de un fino humor, momentos de ternura y sutiles pinceladas de nostalgia y amor. Recomiendo su lectura, a quien quiera salir por una vez de los tópicos y típicos "Best-sellers".




MIGUEL AVILA CABEZAS

(Profesor de literatura en el INSTITUTO ESPAÑOL JUAN RAMON JIMENEZ de Casablanca)

Miguel Avila es la voz autorizada que aconsejó al editor sacar a la luz este "Numen Divino". Las siguientes palabras fueron escritas expresamente para el acto de presentación que se celebró en LA CASA DEL LIBRO, Madrid, el día 24 de Abril de 2.007, durante el cual se procedió a su lectura.

PALABRAS PARA LUIS MIGUEL DIAZ

El de escribir es, entre otros, un noble oficio. Y valiente. Y honesto también. El verdadero escritor (sí, ese que realiza su callada labor en "la soledad de su gabinete", como diría el poeta, sin plegarse nunca a los envites de la soberbia ni tampoco someterse a los cantos corales de cofradías putrefactas), el escritor de sangre limpia, cuando se apresta a la dura tarea de soltar lastre para que la nave de la existencia no se hunda vencida ya por el peso de sus contradicciones, sale de sí y acomete entonces la gran empresa de la palabra que lo habrá de llevar a conocer el mundo, a desvelar la verdad trágica de los seres que lo habitan, sumidos en la esperanza y la desolación, en la alegría de los impredecibles pronombres y en el dolor de las tristes guerras, en el caos de su mundo apaleado y en la angustia que les produce el vacío frente al infinito del universo, que está dentro y fuera de él, que en él habita por siempre. Así, el escritor, se funde en el todo, y en todos se resuelve gracias al proceso de transformación que supone la literatura, y es el escritor quien habla por obra y gracia de las criaturas que alientan su voz incoercible, que piden, como la zapatera de Lorca, salir a la escena, aquí, de los libros. Luis Miguel Díaz nos ofrece hoy su primera obra, Numen divino, y desde esta ciudad de los mil contrastes que es Casablanca, desde esta ciudad que se resiste a ser amordazada por el miedo y la locura suicida, yo quiero unir mi voz a la de todos los que en este momento lo acompañan, a la de los que le han de acompañar igualmente en el viaje alucinante de la lectura de una novela en la que Luis Miguel, nuestro guía, partiendo de una cita de Krishnamurti y hasta el poema final dedicado a Concepción, nos conducirá, junto con el poeta Lemurmulcíber, su alter ego (¿quién cuando escribe no lo hace dirigiéndose a sí mismo en primer lugar?), con un estilo fluido y elegante, no exento de ironía, al centro esencial de la persona, del ser, en una historia, su intrahistoria, con la que desde el mismo comienzo ya nos sentimos de lleno identificados porque, si nos fijamos tan sólo un punto, refleja sin duda nuestra propia historia, transida de luces y sombras, como digo. Comprobamos de inmediato que en Numen Divino Luis Miguel Díaz establece, según afirmara Sábato, una interacción total entre "la conciencia y el mundo que es peculiar de la existencia" y lo hace, añado yo, desde una clara postura de compromiso vital con aquello que le es irrenunciable y propio en su condición de novelista: restituir la palabra verdadera a un mundo tan necesitado hoy en día de ella, un mundo en el que la realidad está hundida en la miseria, falseada por los mercachifles de la impostura. Gracias te doy, Luis Miguel, por tu Numen divino y desde esta Adar al Baida en la que forjo la aventura de los días, ya espero tu nueva obra, absolutamente convencido de que nos habrá de sorprender con idéntica fuerza y dignidad con que lo has hecho en esta ocasión. Salud y libertad, buen amigo.

 


ANTONIO PEREZ HENARES

(Periodista y escritor)

Lo que sigue es la crítica extractada que sobre NUMEN DIVINO dio a conocer Pérez Henares en el acto de presentación (CASA DEL LIBRO, Madrid, 24 de Abril de 2.007).

Presentar una novela puede tener sus peros, puede ser el típico compromiso: "¿y luego qué dices?" He estado en presentaciones de libros. En una famosísima que hubo en Madrid, A… puso absolutamente a parir un libro de J…, con gran estupor de toda la concurrencia. Claro que el presentador es un tipo bastante serio y dijo lo que pensaba. Menos mal que no es el caso. Esto no es de compromiso. Si el libro me hubiera parecido un auténtico bodrio, le hubiera dicho a Luis Miguel no te lo presento, pero, por fortuna, ni para el autor ni para el presentador es el caso. Porque Luis Miguel escribe bien, a veces escribe muy bien. A veces la verdad es que llega a mucho. Y es su primera novela. Piensa uno que Luis Miguel, sin conocerlo excepto por esta novela, ha escrito mucha poesía. Esto se nota. Estoy convencido, no sólo por algunos poemas que aparecen en el libro, sino porque todo el libro está transido por algún impulso poético que continuamente se desliza por entre los ríos que van subterráneos y alrededor de la narración. Sus páginas están impregnadas, y no es nada malo, de ese impulso. Pero hay otra cosa: él describe muy bien. Describir no es fácil, porque hay que hacerlo con premura de tiempo, con, yo diría, economía de adjetivos. Y es donde se ve que un buen descriptor sabe hacerlo con dos o tres pinceladas y situar inmediatamente o presentarnos un personaje o una situación o incluso una estancia. Eso lo sabe hacer muy bien, y no es pequeña cosa… También es un magnífico evocador de paisajes… El paisaje de San Esteban del Valle (Avila)… Uno diría que ha sido feliz allí, y eso se nota (en las novelas en realidad lo que se descubre continuamente es el autor; los autores nos descubrimos aunque no estemos en ninguno de los personajes o procuremos no estarlo; nos autobiografiamos un poco, y aparecemos por ahí, por los rincones). Hay una carga de felicidad añadida a ese paisaje, se nota, nos transmite la felicidad de la tierra, recordando a Manu Leguineche. A mí me ha gustado mucho la primera parte, me ha llegado muy fuertemente. Muy buena la escalera de vecinos, un mundo, bastante más trabado y rico en matices que en las series de televisión a las que estamos acostumbrados. En esas series todos son estereotipos, no aparece ninguna hondura, son caricaturas. Nadie tiene vecinos así, serían insoportables. Y en toda esa escalera hay unos matices increíbles. Pero hay algo que me ha sorprendido: normalmente los escritores solemos vengarnos de alguien (te vas a enterar, te voy a hacer un retrato…). Hay algo hermoso en Luis Miguel: tiene compasión de todos. Eso dice mucho de un autor y dice mucho de un ser humano. La fórmula narrativa de la primera parte permite vislumbrar muchas cosas. A mí me gusta cuando no descubre del todo a los personajes, cuando te permite imaginártelos un poco más allá. Otra parte que también me ha gustado mucho: sus compañeros de clase. Todos hemos tenido esos compañeros, son muy generales para todos nosotros y están muy bien traídos, pero no son caricaturas. Otra cosa que me ha sorprendido, para ser un novelista primerizo, es la fluidez con la que traba los diálogos. El diálogo es muy importante en la novela y es muy difícil de hacer. Y realmente creo que los consigue bien, son fluídos, son naturales, no están forzados, no echa esas parrafadas imposibles características de las novelas malas o de culebrón. La gente que habla en la novela de Luis Miguel habla de verdad, habla desde su personaje, habla creíblemente, aunque el personaje sea fantástico. En toda la segunda parte, en lo que es seguramente para él lo mejor y donde ha hecho un ejercicio literario más importante y trascendental, es donde debo reconocer que me he perdido un poco; lo digo con toda honradez (les he dicho antes que si hubiera considerado que la novela era mala no la habría presentado; les he dicho que es una novela que está bien escrita, a veces muy bien escrita). En la segunda parte de pronto descubro que no sólo tiene alma de poeta sino también de autor de teatro. Toda esa segunda parte es más que otra cosa una representación teatral, personajes en un teatrillo. Mientras los personajes de toda esa primera parte son casi corpóreos, es muy difícil tocarles la carne a los personajes un poco más teatrales de la segunda, personajes que tienen muchísima mayor carga filosófica, que tienen muchísimo mayor recorrido intelectual, pero que a mi juicio carecen un poco más de corporeidad. Es como si flotaran… Creo, y coincido con Miguel Avila, que para ser una primera novela es una hermosa y gran novela. He descubierto en esta novela que hay un narrador, un novelista. NUMEN DIVINO es el inicio de un novelista que lo ha iniciado muy bien y que posiblemente nos sorprenda con una segunda novela donde logre conjugar esos tres elementos: de poesía, teatro y realismo mágico, ese toque de realismo mágico que es una de las esencias más importantes no ya de la literatura sudamericana sino del conjunto de la literatura de habla hispana, esa capacidad de mezclar lo mágico con lo real. En algún momento este libro me ha recordado a esa hermosísima novela de Sánchez Ferlosio que se llama ALFANHUI. He notado en esta novela una enorme capacidad de compasión sobre todo lo que le rodea, que hace que a uno el novelista le sea más cercano. Ese es el mayor piropo que dedico personalmente a la novela.

 

GONZALO PRADOS MUÑOZ

(Sociólogo)

La novela "Numen Divino" de Luis Miguel Díaz se divide en dos partes bien diferenciadas, la primera, verdadero ejercicio de evocación de la infancia, nos traslada al mundo misterioso y fascinante de Pedro, su protagonista. Con él recorreremos el entorno físico y humano que todo niño ha de descubrir/sufrir por sí mismo y nos traslada de su mano por territorios comunes por casi todos vividos en mayor o menor medida, poblado de miedos, alegrías y misterios (también con sus miserias). Pedro interpreta desde la perspectiva que otorga la memoria el significado de las cosas y trata de dar un sentido a cómo las vivió entonces desde la reflexión adulta, casi nunca coincidentes como se sabe. Su entorno más inmediato y familiar, sus padres, hermanos, la casa donde vive y juega con la poderosa imaginación aparecen bajo la visión más cordial e idolatrada, sin duda, de sus recuerdos (pura y sublime felicidad de niño); asimismo, el vecindario y sus moradores, tan variopintos y diferentes, facilitará al niño Pedro el encuentro con la diversidad humana, con el dolor y la injusticia, que le permitirán así percibir los primeros tabúes o lo que de misterioso puede haber en un bloque de pisos más allá de la zona habitual de juegos, o imaginar en qué extrañas lindezas se entretiene un molesto vecino, de hermética conducta e insoportablemente ruidoso. Es en ese crisol de misterios y sentimientos que experimentará Pedro donde se horneará su carácter y donde tomarán importancia conceptos tales como la lealtad, la amistad o la muerte, donde en definitiva se proyectará su futuro. (El niño como cuerpo absoluto y único instrumento o medio, por su virginidad y pureza, de alcanzar la deidad inherente al ser humano: numen divino). En la segunda parte de la historia nos encontramos al supuesto autor de la narración encarnado en protagonista y saliendo al encuentro del resto de personajes que habiendo él mismo creado, siente como hijos a los que no quisiera atar sino dejar a su albedrío, pero, por el contrario, a los que intentará manipular llevándoselos en una "simbólica" excursión hacia unas cumbres donde hallar el reconocimiento como poeta, donde habita la supuesta fama (no conseguirá tal cosa al final de la historia, sino que despeñado no conocerá fama alguna, vanidad de vanidades). Se enfrentan Pedro y su hacedor, quizás un alter ego de aquel, ambos complementarios y necesitados, solo en parte, uno del otro. Como descubriremos, curiosamente será Pedro el único que acompañe al poeta hacia las cumbres, aunque finalmente no alcance la meta; los demás personajes, posiblemente por esa libertad que se les dio y por la idiosincrasia de personalidades, se irán diluyendo y alejando por diferentes motivos.Toma especial fuerza en esta segunda parte de la novela el pícaro Fabián Velasco, personaje curioso, pertinaz y curtido por la vida, antagonista de Pedro (hay una rivalidad visceral entre el intrépido y descollante pícaro y el cada vez más pusilánime Pedro). Mientras Pedro se cuestiona y regodea en el unamuniano sentimiento trágico de la vida, con el volver a encontrar en estado de pureza su numen divino que halló de niño, el pícaro Fabián se limita a vivir o malvivir para algunos (carpe diem frente al estéril discernimiento teleológico). El pícaro yerra pero sobrevive, Pedro contempla la vida desde la barrera, extasiado por el recuerdo infantil de su numen divino, recuerdo que más que facilitar debilitará su futuro. Resaltan en la primera parte algunos párrafos descriptivos especialmente bien construidos y ricos en sensaciones para el lector. En cuanto a la segunda parte, especial mención merece dentro de la narración, por el gradual desarrollo de la tensión narrativa y la brillante exposición de los diálogos, la escena que tiene lugar en el café "Sal si puedes" donde el pícaro Fabián Velasco, convertido en protagonista absoluto, nos narra, a su manera, lo acontecido a Tadeo, Helena y a él mismo. Asimismo, resulta especialmente tierno, cálido y emotivo el capítulo dedicado a doña Aurora. Recomiendo la lectura de este "Numen Divino" que, sin duda, agradará al niño que todos llevamos dentro e interesará, por original, la mezcolanza de personajes, planos situacionales e historias que encierra.

Gonzalo Prados -El Molar (Madrid), 9 de abril de 2007-

 

 

FELIX PAREDES MONTEALEGRE

(Pedagogo y concejal del Ayuntamiento

de San Esteban del Valle -Avila-)

SOBRE "NUMEN DIVINO"

Esta confesión personal llena de retazos y compendio literario: epistolar, narrativa, descriptiva, novelada y teatral-drama y vida, tiene en su mayor parte como escenario la belleza de un rincón único en el mundo: EL BARRANCO DE LAS CINCO VILLAS, y como epicentro "SAN ESTEBAN DEL VALLE". En lo que me atañe como representación popular, me siento personalizado y agradecido… En el gran sentido ético y moralista que este ensayo va emitiendo página tras página, me gustaría sintetizar en estas palabras: "Hijo, despierta, que la mañana pronto izará su fuego sobre la cima". Y porque "El Señor sabe que Luis Miguel Díaz tiene alma de poeta", yo también añado que, sin conocerlo, sé que de hombre-poeta y en el mejor sentido de la palabra "BUENO". Gracias por tu aportación al bien de esta villa.

San Esteban del Valle, 8 de abril de 2007

 

 

BREVES RESEÑAS O COMENTARIOS RECIBIDOS SOBRE "NUMEN DIVINO"

CONCEPCION HERNANDEZ PUERTA: No es un libro de lectura rápida -no llegará a best seller-, pero te hace pensar. Es complejo, profundo, de alta calidad literaria. Para amantes de la buena literatura. El autor, Luis Miguel Díaz, ha escrito una novela ambiciosa y sorprendente. Con un estilo que algunos han catalogado entre cervantino y quevediano: sin duda elegante. Y además muy completa. Un caleidoscopio literario: hay epístola, ensayo, teatro, poesía. Imprescindible.

LOURDES DIAZ GONZALEZ: Libro de agradable lectura. La segunda parte es muy interesante pero más complicada de entender. Para mi un libro imprescindible de un estilo impecable y que me lleva a la infancia, que en esta dura etapa adulta tanto echo de menos. Creo que todo el mundo lo debería leer.

ZURIÑE ALONSO (Lcda. Historia del Arte): La primera parte es de fácil lectura, amena. Te engancha. La segunda ya es algo mas densa, se nota mucho tu personalidad, me ha gustado mucho el capitulo de la critica, cuando el poeta defiende la forma de escribir el Numen, ya que se ve que eres plenamente tú. Me ha gustado, me ha costado un poco leer la segunda parte, pero te abres al lector; y eso es muy dificil verlo.

 

 

 

 

 

 

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